
Bruna inspiró hondo y se esforzó en poner una expresión amigable y tranquilizadora, la expresión más amigable y tranquilizadora posible teniendo en cuenta el cráneo rapado, las pupilas felinas, el tajo de tinta partiéndole la cara. No consideró prudente contar que el viejo Gándara le había proporcionado un pase permanente al Instituto, pero sacó su licencia profesional de detective privado y se la enseñó al tipo.
– Mira, esa mujer era mi vecina… Y mi clienta… Me había contratado para que la protegiera, porque sospechaba que alguien quería matarla… -improvisó sobre la marcha-. No puedo decirte más, ya comprenderás, es un asunto de confidencialidad profesional. Fui yo quien avisó a Samaritanos, estaba conmigo cuando se arrancó el ojo. Si tienes ahí el parte policial, verás mi nombre, Husky… Caín perdió la razón, y temo que se haya intoxicado con algo… Es decir, temo que la hayan envenenado. Necesito saberlo cuanto antes… Verás, no debería estar contándote esto, pero quizá haya más personas intoxicadas… Y quizá estemos todavía a tiempo de salvarlas. Ni siquiera te pido que entres en detalles… Dime la conclusión final y ya está. O me dejas ver el informe un segundo. Nadie se va a enterar.
El médico movió negativamente la cabeza con pomposa lentitud. Se veía que disfrutaba de su pequeño poder para fastidiar.
– No puedo hacerlo. Pide una autorización al juez.
– Tardaría demasiado. ¿Vas a arriesgarte a ser responsable de la posible muerte de otras personas?
– No puedo hacerlo.
Bruna frunció el ceño, pensativa. Luego rebuscó en su mochila y sacó dos billetes de cien gaias.
– Claro que estoy dispuesta a compensar la molestia…
– ¿Por quién me has tomado? No necesito tu dinero.
– Cógelo. Te vendrá bien para arreglarte esa nariz rota.
El hombre se tocó el apéndice nasal con gesto reflejo. Palpó con amoroso cuidado las aletas siliconadas, el caballete perfilado con cartílago plástico. Por su cara desfilaron las emociones en clara sucesión, como nubes atravesando un cielo ventoso: primero el alivio al comprobar que su nariz sintética seguía intacta, después la lenta y abrumadora comprensión del significado de la frase. Los ojos se le pusieron redondos de inquietud.
