
– ¿Es… es una amenaza?
Bruna se inclinó hacia delante, apoyó las manos en la mesa, acercó su cara a la del hombre hasta casi rozarle la frente y sonrió.
– Por supuesto que no.
El forense tragó saliva y recapacitó unos instantes. Luego se volvió hacia la pantalla y masculló:
– Abrir informes finales, abrir Caín…
El ordenador obedeció y la pantalla empezó a llenarse de imágenes sucesivas de la rep tuerta, un pobre cuerpo desnudo y destripado en las diversas fases de la disección. Por último, el cuchillo láser cortó el cráneo como quien parte en dos una naranja, y una pinza robótica sondeó delicadamente la masa gris, que estaba demasiado sonrosada. Era el cerebro más rojizo que Bruna había visto jamás, y había visto algunos. La pinza emergió de la grasienta masa neuronal con una pequeña presa agarrada en el pico: era un disco diminuto de color azul. Una memoria artificial, pensó Bruna con un escalofrío, y seguro que no era el implante original. Desde la pantalla, la voz del forense estaba recitando los resultados: «Puesto que el sujeto tecnohumano tenía 3/28 años de edad y estaba aún lejos del TTT, podemos descartar que el deceso sea natural. Por otra parte, el implante de memoria encontrado carece de número de registro y sin duda proviene del mercado negro. Este forense trabaja con la hipótesis de que dicho implante esté adulterado y haya causado los edemas y hemorragias cerebrales, provocando un cuadro de inestabilidad emocional, delirios, convulsiones, pérdida de consciencia, parálisis y, por último, muerte del sujeto por colapso de las funciones neuronales. Se ha enviado el implante al laboratorio de bioingeniería de la Policía Judicial para que pueda ser analizado.»
