La androide contempló a Bruna con ofuscada fijeza. Una mirada fiera y desafiante.

– No conseguiréis confundirme. No conseguiréis engañarme. Os he descubierto. Esto es lo que hago con vuestros asquerosos implantes.

Dicho lo cual, torció un poco la cabeza, hundió sus dedos veloz y violentamente en la órbita ocular y se arrancó un ojo. Hubo un ruido blando y húmedo, un ahogado jadeo, unos hilos de sangre. Hubo un instante de angustiosa, petrificada locura. Luego Bruna recobró el movimiento y se abalanzó sobre la mujer, que se había colapsado entre convulsiones.

– ¡Por el gran Morlay! ¿Qué has hecho, desgraciada? ¡Malditas sean todas las especies! ¡Emergencias! ¡Casa, llama a Emergencias!

Estaba tan alterada que el ordenador no reconoció su voz. Tuvo que respirar hondo, hacer un esfuerzo y probar de nuevo.

– Casa, llama a Emergencias… ¡Llama de una vez, maldita sea!

Era una conexión de alta velocidad, sólo de audio. Se escuchó la voz de un hombre:

– Emergencias.

– Una mujer se acaba de… Una mujer acaba de perder un ojo.

– Número del seguro, por favor.

Bruna levantó las mangas del traje de la vecina y descubrió dos muñecas huesudas y desnudas: no llevaba ordenador móvil. Rebuscó entonces en sus bolsillos en busca de la chapa civil e incluso miró en el cuello, por si llevaba el chip de identificación colgando de una cadena, como muchos hacían. No encontró nada.

– No lo sé, ¿no podemos dejar eso para luego? El ojo está en el suelo, se lo ha vaciado…

– Muy triste, pero si no está asegurada y al corriente de pago no podemos hacer nada.

El hombre cortó la conexión. Bruna sintió que en su interior se disparaba la ira, un espasmo de cólera que ella conocía muy bien y que funcionaba con la precisión de un mecanismo automático; en algún recóndito lugar de su cerebro se abrían las compuertas del odio y las venas se le anegaban de ese veneno espeso. «Estás tan llena de furia que terminas siendo fría como el hielo», le dijo un día el viejo Yiannis. Y era verdad: cuanto más colérica estaba, más controlada parecía, más calmosa e impasible, más vacía de emociones salvo ese odio seco y puro que se le condensaba en el pecho como una pesada piedra negra.



6 из 367