También por dentro —pensó él—. ¿Cómo se las arregla un patrullero novato, ni siquiera asignado a labores policiales, sino un simple naturalista, para decirle a una aristócrata del Primer Matriarcado que se ha enamorado de ella?

El ruido que siempre llenaba el aire, esos kilómetros de distancia de las cataratas, a él le sonaba como un coro. ¿Era su imaginación, o realmente sentía un interminable estremecimiento por el suelo hasta sus huesos?

Feliz abrió un cobertizo. En su interior había varios saltadores, que se asemejaban vagamente a motocicletas de dos asientos sin ruedas, propulsados por antigravedad y capaces de saltar varios miles de años (ellos y sus actuales jinetes habían sido transportados hasta allí por transbordadores de carga). El de ella estaba cargado de equipos de grabación. Él no había conseguido convencerla de que estaba cargado en exceso y sabía que nunca le perdonaría que se lo advirtiera a alguien de fuera. Su invitación a Everard —el oficial de mayor rango disponible, aunque allí estaba sólo de vacaciones—, para que se uniese a ellos, había sido realizada con la vaga esperanza de que Everard viese la carga y le ordenase permitir que su asistente llevase una parte.

Ella saltó a la silla.

—¡Vamos! —dijo—. La mañana avanza.

Nomura montó en su vehículo y tocó los controles. Los dos se deslizaron hacia el exterior y hacia lo alto. A la altura de un águila, recuperaron la horizontal y se dirigieron al sur, donde el río Océano vertía a la Mitad de la Tierra.


Bancos de niebla elevados siempre marcaban el horizonte, pasando del plata al azul celeste. A medida que uno de acercaba, ganaban altura. Más adelante, el universo se convertía en gris, estremecido por el rugido, amargo a los labios humanos, mientras el agua fluía entre las rocas y atravesaba el barro. Tan espesa era la fría niebla salina que era poco recomendable respirarla más de unos cuantos minutos.



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