Desde lo alto, la imagen era todavía más asombrosa. Allí podía verse el final de una era geológica. Durante millón y medio de años la cuenca del Mediterráneo había sido un desierto. Ahora las Puertas de Hércules se habían abierto y el Atlántico entraba.

Con el viento del movimiento a su alrededor, Nomura miró al oeste a través de una inmensidad inquieta, de muchos colores y llena de espuma. Podía ver las corrientes, atraídas hacia el nuevo espacio abierto entre Europa y África. Allí entrechocaban y retrocedían, un caos blanco y verde cuya violencia iba de tierra a cielo y regresaba, desmoronaba los acantilados, tapaba valles y cubría las costas de espuma durante kilómetros hacia el interior. Desde allí venía una corriente, del color de la nieve por su furia, con resplandores esmeralda, para situarse en una pared de doce kilómetros entre los continentes y bramar. La espuma saltaba a lo alto, ocultando torrente tras torrente donde el mar penetraba.

Los arco iris llenaban las nubes resultantes. A esa altura, el ruido no era más que una monstruosa piedra de molino chirriando, Nomura podía oír con claridad la voz de Feliz en su receptor cuando ésta detuvo el vehículo y levantó un brazo.

—Un momento. Quiero unas muestras más antes de volver.

—¿No tienes suficientes? —preguntó él.

Las palabras de ella fueron suaves.

—¿Cómo puede haber suficiente de un milagro?

A él le dio un vuelco el corazón. Ella no es una guerrera, nacida para dominar a un montón de súbditos. A pesar de su vida anterior no lo es. Ella siente el temor, la belleza, sí, la sensación de Dios en su obra…

Un a sonrisa triste para sí mismo: ¡Mejor que sea así!

Después de todo, la tarea de Feliz era realizar una grabación multisensorial de todo aquello, desde el comienzo hasta el día en que, cien años después, la cuenca estuviese llena y en calma el mar donde navegaría Odiseo.



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