Aunque Servilia era de baja estatura y Bruto últimamente había empezado a crecer hasta lo que ella esperaba que fuera una estatura considerable, la cabeza del muchacho no sobresalía excesivamente de la de su madre; ésta levantó una mano, lo sujetó por la barbilla y comenzó a examinar de cerca varios granos rojos e irritados que le abultaban la piel a su hijo alrededor de la boca. Luego lo soltó y cambió la mano de sitio para apartarle de la frente unos rizos oscuros y sueltos. ¡Más erupciones!

– ¡Cómo me gustaría que llevases siempre el pelo corto! -comentó tirándole de un mechón que amenazaba con taparle la visión al muchacho lo suficientemente fuerte como para que a éste se le humedecieran los ojos.

– Mamá, el pelo corto no es propio de intelectuales -protestó.

– El pelo corto es práctico. No se cae sobre la cara y además no irrita la piel. Oh, Bruto, en qué martirio te estás convirtiendo para mí!

– Mamá, si lo que querías era un guerrero con la cabeza rapada, deberías haber tenido más hijos con Silano en lugar de un par de chicas.

– Un hijo se puede mantener, pero con dos hay que estirar el dinero más de lo que da de sí. Por otro lado, si le hubiera dado un varón a Silano, tú no serías su heredero, además de ser el heredero de tu padre.

– Se acercó a paso majestuoso al escritorio donde él había estado trabajando y se puso a revolver con dedos impacientes los rollos de papel que había encima-. ¡Mira qué desorden! No es de extrañar que tengas los hombros caídos y la espalda hundida. Sal al Campo de Marte con Casio y con los otros muchachos de la escuela, no pierdas el tiempo intentando condensar toda la obra de Tucídides en una hoja de papel.



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