
– ¿Adónde vamos? -le preguntó Bruto todavía irritado porque ella lo había arrancado a la fuerza de su tarea de compendiar a Tucídides.
– A casa de Aurelia.
De no haber tenido la mente concentrada en el problema de cómo condensar semejante mina de información en una sola frase -y de haber sido el día algo más clemente-, su corazón habría saltado de gozo; pero en cambio gruñó: ¡no me hagas ir a los barrios bajos hoy!
– Sí.
– ¡Está tan lejos! ¡Y es una zona tan tétrica!
– Puede que sea una zona tétrica, hijo mío, pero la señora está muy bien relacionada. Todo el mundo se habrá reunido allí.
– Hizo una pausa y lo miró de reojo, astutamente-. Todo el mundo, Bruto, todo el mundo.
A lo cual su hijo no respondió ni palabra.
Con dos esclavos que le facilitaban el avance, Servilia bajó con esfuerzo los escalones de los Fabricantes de Anillos y se metió en el estruendo infernal del Foro Romano, donde a todo el mundo le encantaba reunirse, escuchar, mirar, pasear y codearse con los poderosos.
