Y la piel, que antes había tenido aquel exquisito color aceitunado, suave y sin defectos, ahora llenaba de temores a Servilia. ¿Y si su hijo fuera uno de aquellos horribles desafortunados a los que se le formaban unas pústulas tan nocivas que les quedaban cicatrices? ¡Era demasiado joven! Tener quince años significaba una infección prolongada. ¡Granos! Qué asqueroso y vulgar. Bueno, al día siguiente mismo haría consultas entre los médicos y herbolarios… y le gustase a Bruto o no, iba a ir al Campo de Marte cada día para hacer ejercicio como es debido y formarse en las habilidades marciales que necesitaría cuando cumpliera diecisiete años y tuviera que alistarse en las legiones romanas. Como contubernalis, claro está, no como un simple soldado raso; sería cadete bajo el mando personal de algún comandante consular que lo llamaría por su nombre. La cuna y posición de su hijo le aseguraban ese puesto.

– ¿Adónde vamos? -le preguntó Bruto todavía irritado porque ella lo había arrancado a la fuerza de su tarea de compendiar a Tucídides.

– A casa de Aurelia.

De no haber tenido la mente concentrada en el problema de cómo condensar semejante mina de información en una sola frase -y de haber sido el día algo más clemente-, su corazón habría saltado de gozo; pero en cambio gruñó: ¡no me hagas ir a los barrios bajos hoy!

– Sí.

– ¡Está tan lejos! ¡Y es una zona tan tétrica!

– Puede que sea una zona tétrica, hijo mío, pero la señora está muy bien relacionada. Todo el mundo se habrá reunido allí.

– Hizo una pausa y lo miró de reojo, astutamente-. Todo el mundo, Bruto, todo el mundo.

A lo cual su hijo no respondió ni palabra.

Con dos esclavos que le facilitaban el avance, Servilia bajó con esfuerzo los escalones de los Fabricantes de Anillos y se metió en el estruendo infernal del Foro Romano, donde a todo el mundo le encantaba reunirse, escuchar, mirar, pasear y codearse con los poderosos.



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