
– ¡Esta cuesta es muy pronunciada, mamá! ¿No puedes ir más despacio? -jadeaba Bruto mientras su madre marchaba Clivus Orbius arriba, al final del Foro; el muchacho sudaba profusamente.
– Si hicieras más ejercicio no te quejarías -dijo Servilia sin impresionarse.
Hedores nauseabundos y putrefactos asaltaron las fosas nasales de Bruto a medida que los altos edificios de viviendas de Subura se hacinaban apretados entre sí y cerraban el paso a la luz el sol; las paredes desconchadas rezumaban limo, las acequias de las aceras llevaban regueros oscuros y espesos hacia el interior de las rejillas y las diminutas cavernas sin iluminación que eran las tiendas pasaban incontables. Por lo menos la sombra húmeda y malsana hacía que la temperatura resultase algo más fresca, pero aquélla era una parte de Roma de la que el joven Bruto de buena gana hubiera prescindido, por mucho que allí estuviera «todo el mundo».
Por fin llegaron a la parte exterior de una puerta bastante presentable de roble curado, bien tallada en forma de paneles y con un brillante y pulido llamador orichalcum en forma de cabeza de león con las fauces abiertas. Uno de los esclavos de Servilia golpeó con él vigorosamente la puerta, que se abrió de inmediato. Tras ella, de pie, se encontraba un anciano griego manumitido, más bien rollizo, que les hizo una profunda reverencia mientras les franqueaba la entrada.
Era una reunión de mujeres, desde luego; si Bruto hubiera sido lo bastante mayor como para ponerse la toga blanca sin adornos, la toga virilis, y ya hubiera estado iniciado en las filas de los hombres, no se le habría permitido acompañar a su madre.
