
– ¡Ave, Bruto! -dijo una voz ligera aunque ronca.
Este volvió la cabeza, miró hacia abajo y sintió que el pecho se le hundía.
– Ave, Julia.
– Ven, siéntate conmigo -le exigió la hija de la casa al tiempo que lo conducía hasta un par de sillas pequeñas que había justo en el rincón. Se instaló en una de ellas mientras Bruto se agachaba con dificultad para acomodarse en la otra.
Sólo ocho años… ¿cómo era posible que fuese ya tan hermosa?, se preguntaba el deslumbrado Bruto, que la conocía bien porque su madre era una gran amiga de la abuela de la niña. Blanca como el hielo y la nieve, con la barbilla puntiaguda, los pómulos bien formados, los labios débilmente rosados y tan deliciosos como una fresa, y unos ojos azules muy abiertos que miraban con gentil viveza todo lo que abarcaban; si Bruto había ahondado en la poesía del amor era a causa de aquella niña a quien había amado durante… ¡oh, durante varios años! Y sin haber comprendido en realidad que aquello era amor hasta hacía poco tiempo, cuando Julia había vuelto la mirada hacia él con una sonrisa tan dulce que el descubrimiento de aquella comprensión había sido para Bruto algo semejante al sobresalto que provoca el estallido de un trueno.
