
—No los más inferiores. Nuestros machos no tratan de devorar a su prole.
—Y nuestras hembras no devoran a los machos —añadió Rasa.
—Aunque algunas lo han intentado.
Ambas rieron. Hablaban en voz baja, y sus camellos estaban separados de los demás, pero sus risas franquearon la distancia, y los demás se volvieron para mirarlas.
—¡No os enfadéis! —exclamó Rasa—. ¡No nos reíamos de vosotros!
Pero Elemak, que cabalgaba cerca del frente de la caravana, volvió grupas y se les aproximó con una expresión de fría cólera.
—Trata de dominarte, Rasa —dijo.
—¿Qué? ¿Mi risa fue demasiado fuerte?
—Tu risa… y tu pequeña broma. A todo pulmón. Esta brisa puede llevar una voz de mujer a kilómetros de distancia. Este desierto no está densamente poblado, pero si alguien te oye, pronto serás violada, asaltada y muerta.
Shedemei sabía que Elemak tenía razón. Era caravanero por profesión. Pero ningún hombre tenía derecho a hablarle a la dama Rasa con ese tono hiriente y socarrón.
Rasa no dio importancia al insulto implícito en la actitud de Elya.
—¿Un grupo tan numeroso como el nuestro? —preguntó con aire inocente—. Pensé que los salteadores se mantendrían alejados.
—Ellos buscan grupos como el nuestro —dijo Elemak—. Más mujeres que hombres. Viajando despacio. Con mucho equipaje. Hablando en voz alta. Dos mujeres que se alejan y se separan del resto del grupo.
Sólo entonces Shedemei comprendió cuan vulnerables eran ella y Rasa. Sintió miedo. No estaba en absoluto acostumbrada a pensar así, a pensar en evitar un ataque. En Basílica siempre estaba a salvo. En Basílica las mujeres siempre estaban a salvo.
—Y echad otro vistazo a los hombres de nuestra caravana —dijo Elemak—. ¿Cuál de ellos sería capaz de pelear para salvaros de una banda de tres o cuatro salteadores, por no hablar de una docena?
