—Tú —dijo Rasa. Elemak la miró fijamente.

—En este descampado, donde ellos tendrían que mostrarse desde cierta distancia, supongo que podría. Pero preferiría no hacerlo. Así que aproximaos y callaos. Por favor.

Ese Por favor contribuyó poco a morigerar la severidad de su voz, pero eso no impidió que Shedemei decidiera obedecerle. No confiaba, como Rasa, en que Elemak pudiera protegerlas sin ayuda de una banda de merodeadores, aunque fuera pequeña.

Elemak la miró de soslayo, con una expresión que ella no supo interpretar, dio media vuelta y cabalgó con su camello hacia el frente de la pequeña caravana.

—Será interesante ver quién manda cuando lleguemos al campamento de Wetchik, si tu marido o Elemak —dijo Shedemei.

—No hagas caso de los alardes de Elya —dijo Rasa—. Será mi esposo quien mande.

—Yo no estaría tan segura. Elemak toma su autoridad con mucha naturalidad.

—Le agrada esa sensación de poder. Pero sólo sabe imponerse mediante el miedo. ¿No comprende que el Alma Suprema protege esta expedición? Si algún merodeador piensa siquiera en aproximarse, el Alma Suprema le hará olvidar la idea. Estamos tan a salvo como si estuviéramos en nuestra cama, en nuestro hogar.

Shedemei no le recordó que pocos días atrás se habían sentido muy inseguras en sus camas. Tampoco mencionó que Rasa acababa de demostrar el argumento de Shedemei: cuando pensaba en hogar y seguridad, pensaba en Basílica. El fantasma de su antigua vida en la ciudad los acecharía durante largo tiempo.

Esta vez fue Kokor quien detuvo su bestia y aguardó a que Rasa la alcanzara.

—Te has portado mal ¿eh, mamá? —dijo—. ¿El díscolo Elemak tuvo que venir a reprenderte?

La puerilidad de Kokor exasperó a Shedemei. Claro que Kokor siempre la exasperaba. Era falsa y manipuladora, y era sorprendente que sus lamentables triquiñuelas surtieran efecto con tanta frecuencia, pues de lo contrario Kokor habría encontrado nuevos recursos.



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