
Pero, al margen de los resultados habituales de su actuación, las triquiñuelas de Kokor no surtían efecto con su propia madre.
Rasa le clavó una mirada glacial y respondió:
—Shedya y yo conversábamos en privado, querida. Lamento que hayas entendido mal y pensaras que te habíamos invitado a compartir la charla.
Kokor tardó sólo un instante en comprender, y su rostro se oscureció… ¿de furia? Luego miró desdeñosamente a Shedemei y dijo:
—Madre está decepcionada porque no he salido como tú, Shedya. Me temo que ni mi cerebro ni mi cuerpo tenían suficiente belleza interior.
Luego, torpemente, apuró el paso de su camello y se les adelantó.
Shedemei sabía que Kokor había querido insultarla, recordándole que la única belleza que ella poseería en toda su vida sería la interior. Pero hacía tiempo que Shedemei había superado su envidia adolescente por las muchachas hermosas.
Rasa parecía estar pensando lo mismo que ella.
—Es raro, ¿verdad? Los que carecen de atractivos físicos son capaces de apreciar la belleza física de los demás, pero los que sufren una mutilación moral son ciegos a la bondad y la decencia. De veras creen que no existe.
—Saben que existe, claro que sí —dijo Shedemei—. Pero nunca saben qué personas la tienen. Claro que mis actuales sentimientos no me revelarían como un dechado de belleza moral.
—¿Pensabas en el homicidio? —preguntó Rasa.
—Nada tan directo ni definitivo. Sólo deseaba que Kokor tuviera unas espantosas magulladuras en el trasero.
—¿Y Elemak? ¿Lo maldijiste con otra incomodidad?
—En absoluto. Como bien dices, no era preciso que nos hiciera obedecer por medio del miedo. Pero creo que tiene razón. A fin de cuentas, el Alma Suprema no siempre ha logrado salvarnos del peligro. No, a Elya no le guardo rencor.
