
—Ojalá fuera tan madura como tú, entonces. Me disgustó que me hablara con tanta arrogancia. Sé por qué lo hace, desde luego… él piensa que mi jerarquía en la ciudad constituye una amenaza para su autoridad en el desierto, así que me ha puesto en cintura. Pero debería comprender que tengo suficiente criterio para aceptar su liderazgo sin necesidad de que me humille.
—No se trata de lo que tú necesitas, sino de lo que él necesita. Y él necesita sentirse superior a ti. Llegado el caso, también yo lo necesito, anciana tonta.
Por un instante Rasa la miró horrorizada. Pero cuando Shedemei estaba por explicarle que era una broma (¿por qué nadie entendía nunca sus humoradas?), Rasa sonrió pícaramente.
—Prefiero ser una anciana tonta y no una joven tonta —dijo—. Las ancianas tontas no cometen errores tan espectaculares.
—No estés tan segura —dijo Shedemei—. Participar en esta expedición, por ejemplo…
—¿Un error?
—Para mí lo es, sin duda. Mi vida es la genética, y ahora tendré que conformarme con reproducir mis propios genes.
—No lo digas en ese tono. Tener hijos no es tan espantoso. No todos son Kokor, y hasta es posible que ella logre humanizarse algún día.
—Sí, pero tú amaste a tus esposos —dijo Shedemei—. ¿Con quién terminaré yo, tía Rasa? ¿Tu hijo tullido? ¿Con el bibliotecario de Gaballufix?
—Creo que Hushidh piensa casarse con Issib —dijo Rasa con voz glacial, aunque a Shedemei no le importó.
—Oh, sé cómo has dispuesto nuestros destinos. Pero dime, tía Rasa, si Nafai no hubiera traído al bibliotecario consigo cuando robó el índice… ¿habrías decidido traerme a mí?
Rasa puso cara de piedra. Tardó un largo rato en responder.
—Vamos, tía Rasa. No soy tonta, y prefiero que no trates de engañarme.
—Necesitaba tus conocimientos, Shedya. No fui yo quien te escogió, sino el Alma Suprema.
