—¿Estás segura de que no fuiste tú, contando varones y mujeres y asegurándote de que todos tuvieran pareja?

—El Alma Suprema te envió ese sueño.

—Lo lamentable es que, salvo en tu caso, no está probado que ninguno de nosotros tenga capacidad para reproducirse. Es posible que hayas unido a uno de estos hombres con una esposa estéril. O tal vez hayas unido a alguna mujer con un marido estéril.

Rasa empezaba a impacientarse.

—Te he dicho que no fue mi elección… Luet también tuvo una visión, y…

—¿Y tú darás el ejemplo? ¿Tú tendrás más hijos, tía Rasa?

Rasa quedó estupefacta.

—¿Yo? ¿A mi edad?

—Aún tienes huevos fecundos. Sé que no has llegado a la menopausia, porque ahora tienes la regla. Rasa la miró consternada.

—¿Por qué no me pones bajo uno de tus microscopios?

—No cabrías. Tendría que cortarte en lonjas.

—A veces tengo la sensación de que ya lo has hecho.

—Rasa, nos haces detener varias veces por día. Sé que no tienes un problema de continencia. Tocios sabemos que estás derramando las lágrimas de la luna. Rasa enarcó las cejas en un gesto de resignación.

—Más hijos. Lo que me faltaba.

—Creo que deberías tenerlos. Sería un ejemplo para los demás. ¿No comprendes? No es sólo un viaje. Somos una colonia. La primera prioridad de los colonos es la reproducción. Una persona sin hijos no vale nada. Y por mucho que Elemak envidie tu autoridad, tú eres líder de estas mujeres. Debes fijar pautas de conducta para las demás. Si tú estás dispuesta a quedar embarazada durante el viaje, las demás te imitarán, sobre todo porque sus maridos sentirán la necesidad de demostrar que ellos no son menos que Wetchik.

—Él ya no es Wetchik —observó Rasa—. Es Volemak.

—Todavía es potente, ¿verdad?

—Vaya, Shedemei, ¿ninguna pregunta te avergüenza? ¿Por qué no nos pides muestras de materia fecal?



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