
—Antes que concluya este viaje, sospecho que habré visto toda clase de muestras. Soy la única que tiene algún conocimiento de medicina.
Rasa rió entre dientes.
—Ya me imagino a Elemak trayéndote una muestra de semen.
Shedemei tampoco pudo contener la risa, ante la sola idea de pedir esa muestra. ¡Semejante ofensa a su dignidad de líder de la caravana!
Cabalgaron unos minutos en silencio.
—¿Lo harás? —preguntó al fin Rasa.
—¿Qué?
—Casarte con Zdorab.
—¿Quién?
—El bibliotecario, Zdorab.
—Casarme con él —suspiró Shedemei—. Nunca pensé en casarme con nadie.
—Cásate y ten sus hijos.
—Supongo que lo haré —dijo Shedemei—. Pero no si vivimos bajo la ley de los mandriles.
—¡La ley de los mandriles!
—Como en Basílica… con una competencia por nuevas parejas cada año. Aceptaré a ese hombre maduro que nunca he visto, compartiré mi lecho con él, daré a luz sus hijos, los criaré con él… pero no si debo luchar para conservarlo. No si tengo que soportar que corteje a Eiadh, Hushidh, Dolya o Kokor cada vez que nuestro contrato de matrimonio esté por expirar, y que luego se arrastre para pedirme que renueve su contrato porque las mujeres realmente apetecibles no lo aceptan.
Rasa asintió.
—Entiendo lo que intentabas decir antes. No hablabas de la infidelidad de Kokor, sino de las costumbres con que nos hemos criado.
—Exacto —dijo Shedemei—. Somos un grupo demasiado pequeño para mantener las costumbres matrimoniales de Basílica.
—Es una cuestión de escala, ¿verdad? En la ciudad, cuando una mujer no le renueva el contrato a un hombre, o cuando él no lo pide, ambos se pueden eludir por un tiempo, hasta que cesa el dolor. Es posible encontrar a otras personas, porque hay miles para elegir. Pero nosotros sumamos dieciséis. Ocho hombres, ocho mujeres. Sería insoportable.
—Algunos querrían matar, tal como lo intentó Kokor. Y otros querrían morir.
