
—Tienes razón, tienes razón, tienes razón —murmuró Rasa, como si pensara en voz alta—. Pero no podemos decirlo ahora. Algunos regresarían, a pesar del desierto y los bandidos. Monogamia vitalicia… vaya, dudo que Sevet y Kokor hayan sido fieles una semana seguida. Y Meb no se había casado hasta ahora por la buena razón de que no piensa ser fiel pero carece de la capacidad de mis hijas para comportarse con absoluta deshonestidad. Y ahora les diremos que deben ser fieles. Sin contratos anuales, sin posibilidad de cambiar.
—No les agradará.
—Por eso, no les diremos nada hasta llegar al campamento de Volemak. Cuando sea demasiado tarde para que regresen.
Shedemei no podía creer que Rasa dijera semejante cosa. Aun así, respondió con serenidad:
—Pero yo creo que si desean volver, deberíamos permitirlo. Son gente libre, ¿verdad?
—No —replicó enfáticamente Rasa—, no lo son. Eran libres hasta que tomaron las decisiones que los trajeron aquí, pero ahora no son libres porque nuestra colonia, nuestro viaje, no puede tener éxito sin ellos.
—Estás muy segura de que puedes lograr que los demás respeten sus compromisos —murmuró Shedemei—. Nadie logró que lo hicieran antes. ¿Cómo podrás ahora?
—No se trata sólo de la expedición —dijo Rasa—. Es por su propio bien. El Alma Suprema ha anunciado claramente que Basílica será destruida… y ellos con la ciudad, si están allí cuando llegue el momento. Les estamos salvando la vida. Pero los más interesados en regresar son también los menos propensos a creer en las visiones que nos ha mostrado el Alma Suprema. Así que para salvarles la vida debemos…
—¿Engañarlos?
—Postergar ciertas explicaciones.
—¿Porque tú sabes mejor que ellos lo que les conviene?
—Sí —dijo Rasa—. Sí, en efecto.
Eso exasperó a Shedemei. Lo que Rasa decía era cierto, pero no alteraba su convicción de que la gente tenía derecho a elegir, aun su propia destrucción, si así lo deseaba.
