
—Tía Rasa —dijo Shedemei—, tú no eres el Alma Suprema.
Y con ese comentario, azuzó el camello, dejando a Rasa atrás. No porque hubiera dicho todo lo que quería decir, sino porque estaba demasiado furiosa para quedarse; no soportaba tener una discusión con la tía Rasa. Shedemei odiaba las discusiones. Siempre la dejaban barruntando durante días. Y ya tenía motivos de sobra para barruntar.
Zdorab. ¿Qué clase de hombre se convierte en archivista de un poderoso asesino como Gaballufix? ¿Qué clase de hombre permite que un muchacho como Nafai lo induzca a traicionar la confianza del amo, entregando el precioso índice, y luego se marcha de la ciudad siguiendo al ladrón? ¿Y qué clase de hombre permite que Nafai lo someta y le arranque el juramento de ir al desierto y renunciar a Basílica?
Shedemei sabía exactamente qué clase de hombre: un debilucho estúpido y aburrido. Un cobarde tímido y obtuso que solicitará mi autorización formal cada vez que inicie sus torpes intentos de hacerme un hijo. Un hombre que no dará ni recibirá alegría en nuestro matrimonio. Un hombre que deseará haberse casado con cualquiera de las demás mujeres, pero que se quedará conmigo porque sabrá que ninguna de ellas lo aceptaría.
Zdorab, mi futuro esposo, no veo el momento de conocerte.
