
En su tercera noche en el desierto plantaron las tiendas con mayor presteza. Ahora todos conocían bien qué tareas debían hacer, y cuáles debían eludir. Rasa observó con desprecio que Meb y Obring pasaban gran parte del tiempo «ayudando» a sus esposas a realizar tareas que eran fáciles aun para un niño; tenían que hacerlo, pues ni Dolya ni Kokor las habrían hecho.
A veces Dol estaba dispuesta a trabajar, pero mientras Kokor y Sevet no hicieran nada, ella no pensaba ser menos. A fin de cuentas, Dol se había iniciado como actriz cuando Kokor y Sevet aún entonaban canciones infantiles. Rasa sabía cómo funcionaba la cabeza de Dol. Primero el estatus, después la decencia.
¡Pero al menos tenía la decencia en cuenta! ¿Quiénes son estas personas que he criado y educado? Las que son demasiado egoístas amenazan nuestra paz, pero otras son tan dóciles con el Alma Suprema que temo aún más por ellas.
Ahora no estoy a cargo de sus vidas, se recordó Rasa. Estoy a cargo de tensar las cuerdas de la tienda para que no se derrumbe con el primer vendaval.
—Se derrumbará si hay viento fuerte, hagas lo que hagas —dijo Elemak—. Así que no tienes que instalarla como si debiera resistir un huracán.
—¿Sólo una tormenta de arena?
Rasa sintió en el ojo el ardor de una gota de sudor. Trató de enjugársela con la manga, pero tenía el brazo más transpirado que la cara, a pesar de la ligera muselina.
—Este trabajo siempre te hace sudar, haga el tiempo que haga —dijo Elemak—. Permíteme.
Mantuvo tensa la cuerda mientras ella ajustaba el nudo. Rasa sabía muy bien que Elemak podría haberse encargado del nudo sin que le ayudaran a sostener la cuerda. Comprendió de inmediato qué se proponía, cerciorarse de que ella aprendiera su tarea, demostrándole confianza, y permitiéndole la satisfacción de haber armado la tienda.
—Eres hábil para esto —dijo Rasa.
—No es difícil hacer nudos, una vez que los aprendes.
