Muchos eran parientes, todos tenían una inusitada capacidad para comunicarse con el ordenador maestro. Sin embargo, no todos tenían demasiadas luces, ni todos eran bondadosos ni dignos de confianza. Muchos de ellos sentían odio o rencor hacia los demás, y aunque algunos estaban consagrados a la causa del ordenador maestro, otros estaban igualmente consagrados a frustrar sus propósitos. La empresa podía fracasar en cualquier momento si predominaban los impulsos más oscuros de los humanos. La civilización siempre era frágil, aun cuando poderosas fuerzas sociales inhibían las pasiones individuales; ahora, aislados del resto del mundo, ¿lograrían forjar una nueva sociedad, más pequeña y armoniosa? ¿O la expedición sería destruida desde el principio?

El ordenador maestro tenía que planear y actuar como si la expedición fuera a sobrevivir, a tener éxito. En cierto lugar desencadenó una secuencia de hechos. Máquinas que habían guardado silencio durante largo tiempo empezaron a zumbar. Robots que habían permanecido en éxtasis despertaron y se pusieron a trabajar, buscando máquinas que necesitaban reparaciones. Habían aguardado mucho tiempo, y ni siquiera en un campo de éxtasis podían durar para siempre.

Se necesitarían varios años para determinar cuánto trabajo se requería, y cómo realizarlo. Pero no había prisa. Si el viaje llevaba tiempo, tal vez la gente pudiera aprovechar ese tiempo para conciliarse. No había prisa, o al menos, ninguna prisa que pudiera ser detectable para los seres humanos. Para el ordenador maestro, realizar una tarea en diez años era un ritmo acelerado, mientras que para los humanos resultaría insoportablemente largo. Pues aunque el ordenador maestro podía detectar el paso de los milisegundos, poseía recuerdos de cuarenta millones de años de vida en Armonía, y en esa escala, comparada con la longevidad humana normal, diez años era un período tan breve como cinco minutos.



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