
El ordenador maestro tenía que planear y actuar como si la expedición fuera a sobrevivir, a tener éxito. En cierto lugar desencadenó una secuencia de hechos. Máquinas que habían guardado silencio durante largo tiempo empezaron a zumbar. Robots que habían permanecido en éxtasis despertaron y se pusieron a trabajar, buscando máquinas que necesitaban reparaciones. Habían aguardado mucho tiempo, y ni siquiera en un campo de éxtasis podían durar para siempre.
Se necesitarían varios años para determinar cuánto trabajo se requería, y cómo realizarlo. Pero no había prisa. Si el viaje llevaba tiempo, tal vez la gente pudiera aprovechar ese tiempo para conciliarse. No había prisa, o al menos, ninguna prisa que pudiera ser detectable para los seres humanos. Para el ordenador maestro, realizar una tarea en diez años era un ritmo acelerado, mientras que para los humanos resultaría insoportablemente largo. Pues aunque el ordenador maestro podía detectar el paso de los milisegundos, poseía recuerdos de cuarenta millones de años de vida en Armonía, y en esa escala, comparada con la longevidad humana normal, diez años era un período tan breve como cinco minutos.
