El ordenador maestro aprovecharía esos años productivamente, y esperaba que las personas hicieran lo mismo. Si eran juiciosas, aprovecharían el tiempo para constituir familias, engendrar y criar muchos hijos y formar una comunidad digna de regresar al Guardián de la Tierra. Sin embargo, no sería fácil de lograr, y en ese momento el ordenador maestro sólo esperaba poder mantenerlas con vida.

1. LA LEY DEL DESIERTO

Shedemei era científica, no viajera del desierto. Podía prescindir de las comodidades de la ciudad —no le molestaba dormir en el suelo o en una mesa en vez de una cama— pero le disgustaba que la alejaran por la fuerza de su laboratorio, su trabajo, todo lo que daba sentido a su vida. Nunca había querido sumarse a esa descabellada expedición. Pero ahí estaba, hamacándose sobre un camello en el viento seco y caluroso del desierto, mientras el lomo del camello que iba delante se mecía con otro ritmo. El calor y el movimiento le producían náuseas, jaqueca.

Varias veces estuvo a punto de regresar. Sabría encontrar el camino; le bastaría acercarse a Basílica para que su ordenador la conectara con la ciudad y la guiara el resto del trayecto. A solas, andaría más rápidamente, e incluso podría estar de vuelta antes del anochecer. Y sin duda la dejarían entrar en la ciudad. No era consanguínea ni pariente política de ningún integrante de ese grupo. Sólo se había exilado con ellos porque se había encargado de suministrarles las cajas de almacenaje llenas de semillas y embriones que restablecerían una semblanza de la vieja flora y fauna de la Tierra. Le había hecho un favor a su vieja maestra, nada más. No podían imponerle el exilio por eso.

Pero ese cargamento era el motivo por el cual no regresaba. ¿Quién más sabría cómo revivir los miles de especies que llevaban esos camellos? ¿Quién más sabría cuáles debían ir primero, para afianzarse antes que surgieran especies que se alimentarían de las anteriores?



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