
No es justo, pensó Shedemei por milésima vez. Soy la única de esta partida que puede realizar esta tarea, pero para mí no representa el menor desafío. No es ciencia, sino agricultura. No estoy aquí porque la tarea que me ha encomendado el Alma Suprema sea tan exigente, sino porque los demás la ignoran por completo.
—Pareces enfadada y desdichada.
Rasa se le había acercado con su camello por el sendero ancho y pedregoso. Rasa, su maestra, casi su madre. Pero no su verdadera madre, ni por sangre ni por derecho.
—Sí —dijo Shedemei.
—¿Enfadada conmigo? —preguntó Rasa.
—En parte. Tú nos has metido en todo esto. No tengo ninguna relación con estas personas, salvo por tu intermedio.
—Todos tenemos la misma relación —dijo Rasa—. El Alma Suprema te envió un sueño, ¿verdad?
—Yo no lo pedí.
—Nadie lo pidió —dijo Rasa—. Pero comprendo a qué te refieres, Shedemei. Todos los demás tomaron decisiones que los condujeron a esto. Nafai, Luet, Hushidh y yo hemos venido por propia voluntad… hasta cierto punto. Y Elemak y Mebbekew, por no mencionar a mis hijas, benditos sean sus malignos corazones, están aquí porque tomaron algunas decisiones estúpidas y ruines. Los demás están aquí porque tienen contratos de matrimonio, aunque para algunos el hecho de venir sólo significa complicar el error original. Pero tú, Shedemei, sólo estás aquí por tu sueño. Y por lealtad a mí.
El Alma Suprema le había enviado un sueño donde flotaba en el aire, desparramando semillas y mirándolas crecer, transformando un desierto en un bosque y un vergel, lleno de verdor, poblado de animales. Shedemei echó una ojeada al árido desierto que la rodeaba: unas pocas plantas espinosas se aferraban a la vida aquí y allá, unos pocos lagartos se alimentaban de unos pocos insectos que apenas hallaban agua para sobrevivir.
—Esto no es mi sueño —dijo.
