—Pero viniste —dijo Rasa—. En parte por el sueño, y en parte por amor a mí.

—No hay esperanzas de triunfar —dijo Shedemei—. Estos no son colonos. Sólo Elemak tiene aptitud para sobrevivir.

—Él es el más experimentado en los viajes por el desierto. Nyef y Meb se las apañan bastante bien, por su parte. Y los demás aprenderemos.

Shedemei calló, pues no quería discutir.

—Me enfurece cuando eludes un enfrentamiento de esa manera —dijo Rasa.

—No me gusta el conflicto —dijo Shedemei.

—Pero siempre te echas atrás precisamente cuando estás por decirle a la otra persona lo que ella necesita oír.

—No sé qué necesitan oír los demás.

—Di lo que tenías en mente hace un instante. Dime por qué crees que nuestra expedición está condenada al fracaso.

—Basílica —dijo Shedemei.

—Hemos dejado la ciudad. Ya no puede causarnos daño.

—Basílica nos dañará de mil maneras. Siempre será nuestro recuerdo de una vida más cómoda, más fácil. Siempre nos desgarrará el anhelo de volver.

—Sin embargo, no es la nostalgia lo que te preocupa.

—Llevamos media ciudad con nosotros. Todas las flaquezas de la ciudad, pero ninguna de sus virtudes. Tenemos el hábito del ocio, pero no la riqueza ni las propiedades que lo hacían posible. Nos hemos acostumbrado a complacer muchos apetitos, lo cual no podremos hacer en una diminuta colonia como será la nuestra.

—No es la primera vez que la gente abandona la ciudad para ir a colonizar.

—Los que desean adaptarse se adaptan, eso lo sé —dijo Shedemei—. ¿Pero cuántos desean hacerlo? ¿Cuántos tendrán la voluntad para renunciar a sus deseos personales, para sacrificarse por el bien común? Yo no poseo esa voluntad. Me enfado más con cada kilómetro que me aleja de mi trabajo.

—Pues entonces somos afortunados —dijo Rasa—. Aquí nadie más tenía un trabajo digno de mención. Y quienes lo tenían han perdido todo, de modo que no podrían regresar aunque quisieran.



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