
—El trabajo de Meb está allá —dijo Shedemei. Rasa quedó desconcertada un instante.
—No creo que Meb tuviera ningún trabajo, a menos que te refieras a su lamentable carrera de actorzuelo.
—Me refería a su proyecto vital de acostarse con toda mujer de Basílica, con excepción de sus parientes, las muy feas y las difuntas.
—Oh —sonrió Rasa—. Ese trabajo.
—Y no es el único caso —dijo Shedemei.
—Lo sé —dijo Rasa—. Eres demasiado amable para decirlo, pero sin duda mis hijas ansían regresar para retomar sus propias versiones de ese proyecto.
—No quise ofenderte.
—No me has ofendido. Conozco demasiado a mis hijas. Han heredado muchas cosas del padre para que yo no sepa qué esperar de ellas. Pero cuéntame, Shedya, con franqueza. ¿Cuál de estos hombres les puede parecer atractivo?
—Al cabo de unas semanas, o de unos días, todos los hombres les parecerán atractivos. Rasa se echó a reír.
—Sospecho que tienes razón, querida. Pero todos los hombres de nuestra pequeña partida están casados, y puedes apostar a que sus esposas vigilarán para no sufrir intrusiones en su territorio.
Shedemei meneó la cabeza.
—Rasa, te equivocas. El hecho de que tú hayas escogido permanecer casada con el mismo hombre, renovando el contrato año tras año, al menos desde que diste a luz a Nafai, no significa que las demás mujeres sean tan posesivas y protectoras con sus esposos.
—¿Crees que no? Mi querida hija Kokor casi mató a su hermana Sevet porque se acostaba con Obring, el marido de Kokor.
—Bien, Obring no intentará dormir de nuevo con Sevet. Pero eso no le impedirá probar suerte con Luet, por ejemplo.
—¡Luet! —exclamó Rasa—. Es una muchacha maravillosa, Shedya, pero no posee el tipo de belleza que atrae a un hombre como Obring, y además es muy joven, y está obviamente enamorada de Nafai. Ante todo, es la vidente de Basílica y Obring tendría miedo de acercársele.
