Me quedé en Roma, después de retirarme de las oposiciones. Tenía pagada la habitación de la pensión tres días, el tiempo, en principio, que iban a durar las oposiciones. Así, mientras mis amigos se las veían con el derecho penal y el derecho civil, yo disfruté, sin esperármelo, de las vacaciones romanas más hermosas de mi vida. Como no tenía nada que hacer, paseé mucho, compré libros a mitad de precio, me tendí sobre los bancos de Villa Borghese, leí, y también escribí. Unas poesías espantosas que, afortunadamente, he perdido. En la escalinata de Trinità dei Monti me hice amigo de dos chicas americanas con exceso de peso; nos comimos juntos una pizza, pero decliné el ofrecimiento de pasar el resto de la tarde en su apartamento porque me pareció ver que se hacían un gesto de complicidad entre ellas y, calculando que debían pesar entre ochenta y noventa kilos cada una, pensé que fiarse de la gente está bien, pero que no hacerlo está todavía mejor.

El mundo era un burbujeo de infinitas posibilidades en aquel inesperado y templado febrero romano. Yo oscilaba entre los nunca más de mi vida de adolescente y los todavía no de mi vida de adulto. Era una franja delgada, eufórica y provisional. Pero era hermoso saberse en aquella franja. Sólo lo que es provisional es perfecto.


Me acordé de todo eso en aquella hora que, por un extraño efecto de alquimia, me pareció tan dulce y tan suspendida en el tiempo como los días de veinte años atrás. Tuve la insensata, exultante sensación de que la cinta estaba a punto de rebobinarse y de que me aguardaba un nuevo inicio. Fue un escalofrío, una vibración. Muy hermosa.

Luego me di cuenta de que, en cambio, ya eran las diez, y de que se me iba a hacer tarde, así que regresé rápidamente a la plaza Cavour.

3

Cuando se acude al Tribunal Supremo lo primero que hay que hacer es pasar por la sala en la que están las togas.

Es obligatorio llevar toga en los juicios ante un tribunal, pero, salvo los abogados romanos, nadie se lleva la suya, así que hay que alquilar una, como se hace con los disfraces de carnaval o los trajes para una obra de teatro.



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