La oposición constaba de tres pruebas escritas: derecho civil, penal y administrativo, y en cada ocasión se sorteaba el orden de salida.

El primero fue el examen de derecho administrativo: no sabía absolutamente nada del tema, así que a las tres horas me retiré, enterrando con ello mis ocultas e insensatas esperanzas. La puerta corrediza que daba al mundo de los adultos no estaba destinada a abrirse para mí, no, al menos, durante aquellos días, y me quedé en la sala de espera. Me iba a quedar allí bastante tiempo más.

Algunas veces, en los años que luego fueron yéndose y llegando, me he preguntado cómo hubiera sido mi vida si, por un giro inesperado del destino, hubiese sacado aquellas oposiciones.

Me habría ido de Bari, me habría convertido en otra persona y, quizá, no hubiera regresado jamás. Como le ocurrió a Andrea Colaianni, que sacó las oposiciones, se fue a vivir lejos, se hizo fiscal, y no tuvo más remedio que reconsiderar sus ideas acerca de la posibilidad de cambiar, de verdad, el mundo él solo.

Sergio Carofiglio no lo logró. Tenía, si cabe, más ganas todavía que Colaianni de ser abogado, pero no consiguió aprobar los exámenes escritos. Lo volvió a intentar una y otra vez, hasta agotar las tres convocatorias que concede la ley. Cuando me enteré de que había suspendido también el tercer y último examen, ya no nos veíamos, pero pensé igualmente en la devastadora sensación de derrota y fracaso que tuvo que experimentar. Luego conoció a una chica, hija de un industrial véneto, se casó con ella y se fue a vivir a algún lugar cercano a Rovigo, para trabajar con su suegro y ahogar en la niebla su amargura y sus sueños truncados. Aunque esto, quizá, son sólo figuraciones mías y, en estos momentos, es rico y feliz, y no haberse convertido en abogado ha sido, así de simple, lo mejor que le ha pasado en la vida.



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