Como de costumbre, delante de la sala de las togas se había formado una pequeña cola. Miré alrededor, buscando alguna cara conocida, pero no vi a nadie. Para compensar, justo delante de mí había un tipo que parecía el resultado final de repetidos y encarnizados enlaces consanguíneos. Tenía las cejas negras y muy pobladas, el pelo teñido de un inquietante color rubio con tonalidades rosáceas, un evidente prognatismo y vestía una chaqueta verde de corte aproximadamente tirolés. Me imaginé su foto en un periódico, bajo el titular: «Desarticulada una banda de pederastas». O en un cartel de propaganda electoral, junto a un bonito eslogan racista.

Cogí mi toga alquilada y me esforcé en no olerla, algo que me hubiera producido un leve disgusto durante toda la mañana. Como siempre, por unos segundos pensé en cuántos abogados se la habrían puesto y en cuántas historias habrían pasado por sus manos. Luego, también como siempre, me dije que era un pensamiento banal y me encaminé hacia la sala de audiencias.

Mi juicio era uno de los primeros y, a la media hora de iniciarse la audiencia, me llegó el turno.

El juez relator, en apenas unos minutos, resumió la historia del proceso, explicó los motivos por los que mi cliente había sido condenado y, por último, ilustró las razones de mi recurso.

El imputado era el hijo pequeño de un conocido profesional liberal de Bari. En la época en la que ocurrieron los hechos, es decir, casi ocho años atrás, estaba matriculado en la Facultad de Derecho con escasos resultados. Tenía mucho más éxito como traficante de cocaína. Todos los que necesitaban o querían coca, y ocasionalmente también otras sustancias, lo conocían. Era un profesional serio, puntual, y de toda confianza. Hacía las entregas a domicilio, con lo que les ahorraba a sus adinerados clientes el mal trago de tener que hacer por sí mismos algo de tan pésimo gusto como es salir a la calle en busca de un camello.



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