La contraté, por lo que, en unos pocos meses, pasamos de ser dos personas a cuatro, en un bufete que antes de eso ya era demasiado pequeño y que ahora se había vuelto inhabitable.

Tuve que ponerme a buscar otro lugar en el que instalarnos. Encontré un piso amplio en la zona antigua de la ciudad, muy bonito, pero que requería una reestructuración de arriba abajo. Las obras me gustan más o menos tanto como sufrir un cólico nefrítico. Encontré a un arquitecto que se creía un artista y que no quería verse importunado por la opinión del cliente o cuestiones tan banales como el precio de los materiales o el de los muebles, o a cuánto iban a ascender sus honorarios.

Fueron necesarios tres meses de auténtica pesadilla para dar por finalizadas las obras. Tendría que haberme sentido satisfecho pero no conseguía acostumbrarme a la nueva situación. No conseguía identificarme con el tipo de profesional que tiene un bufete de esa clase. Siempre que entraba en un bufete como el mío -antes de que ése fuese el mío- pensaba que el dueño debía ser un pobre gilipollas. Ahora el pobre gilipollas era yo, y me costaba hacerme a la idea.


Cerré la inútil puerta blindada, saludé a Pasquale, saludé a Maria Teresa, saludé a Consuelo y fui a refugiarme a mi despacho. Encendí el ordenador y, a los pocos segundos, apareció en la pantalla la página de la agenda con las citas para esa tarde. Tenía tres. La primera, con un agrimensor del Ayuntamiento con cierta propensión a pretender recibir propinas a cambio de no obstaculizar los trabajos de los que estaba a cargo. Técnicamente, ese asunto se llama concusión y es un delito tirando a desagradable. El agrimensor había sido investigado por motivos financieros y ahora era presa del pánico porque estaba convencido, no sin motivos, de que podían arrestarlo en cualquier momento. La segunda cita era con la mujer de un viejo cliente, un ladrón profesional, que había sido detenido por enésima vez. Por fin, a última hora, tenía que venir mi amigo Sabino Fornelli con sus clientes para hablar de ese caso del que no podía decirme nada por teléfono.



17 из 230