
Vamos, que teniendo en cuenta los precedentes, no me sentía muy inclinado a tomarme en serio la clasificación de «urgente y delicado» para un caso que me iba a pasar Fornelli.
– Mañana tengo que ir a Roma, Sabino, y no sé a qué hora voy a volver. Pasado mañana es sábado, así que puedes decirles que vengan (le eché un vistazo rápido a la agenda) el lunes por la tarde, después de las ocho. ¿De qué se trata?
Se produjo un breve silencio.
– De acuerdo, después de las ocho. Iré yo también, acompañándolos, así te lo explicamos juntos. Va a ser lo mejor, por una serie de motivos.
Esta vez fui yo el que se quedó unos segundos en silencio. Fornelli nunca había acompañado a sus clientes a mi bufete. Estaba a punto de preguntarle cuáles eran esos motivos y por qué no podía adelantarme nada por teléfono, pero algo me contuvo. Le dije, pues, que de acuerdo, que nos veríamos en mi despacho el lunes, a las ocho y media, y colgamos.
Me quedé algunos minutos preguntándome de qué podía tratarse. No se me ocurrió nada y volví a mi recurso ante el Tribunal Supremo.
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Me gusta ir al Tribunal Supremo. Los jueces suelen estar preparados, es raro encontrarse con alguno que aproveche las audiencias para echarse un sueñecito; por lo general, los presidentes, con las debidas excepciones, son tirando a amables, incluso cuando te piden que hables poco y que no les hagas perder el tiempo.
A diferencia de lo que ocurre en los otros tribunales, sobre todo en los tribunales superiores, en el Supremo se tiene la impresión de que el mundo está ordenado y de que la justicia funciona. Se trata sólo de una mera impresión porque el mundo no está ordenado y la justicia no funciona. Pero es una bonita impresión. Por eso suelo estar de buen humor cuando tengo que acudir a un juicio en el Supremo, aunque me toque madrugar.
Era un bonito día, frío y luminoso. El avión, en contra de lo que yo tenía previsto, salió y llegó puntualmente.
