
En el trayecto en taxi entre el aeropuerto y el Supremo viví una curiosa experiencia. Nada más arrancar el coche, me fijé en que en el asiento del copiloto se amontonaba como una docena de libros, en ediciones de bolsillo. Siempre que veo libros por una casa mi curiosidad se excita en el acto, así que imagínate si los veo en un taxi, que no es lo que se dice el lugar donde uno se los encuentra con más frecuencia. Le eché un vistazo a las portadas. Había un par de novelas policíacas de baja estofa, pero también Luces rojas de Simenon, Una cuestión privada de Fenoglio e incluso una antología de poemas de García Lorca.
– ¿Para qué lleva ahí esos libros?
– Para leerlos, entre carrera y carrera.
Me lo había merecido. Una respuesta seca y concisa a una pregunta idiota. ¿Qué hace uno con los libros? Leerlos.
– Verá, se lo he preguntado porque no es…, no es muy frecuente ver libros, tantos libros, quiero decir, en un taxi.
– No es verdad. A muchos de mis colegas les gusta leer.
Hablaba casi sin acento y parecía elegir las palabras con mucho cuidado. También parecía que las manejaba con cautela, como si fueran objetos delicados y algo peligrosos. Hojas afiladas.
– Sí, claro, ya lo supongo. Pero es que usted tiene, casi, una especie de biblioteca…
– Es que me gusta leer dos o tres libros al mismo tiempo. Depende del estado de ánimo. Por eso llevo varios. Además, cuando termino algunos, me los dejo olvidados en el coche; y así, poco a poco, se termina formando un pequeño montón.
– A mí también me gusta leer varios libros a la vez. ¿Qué está leyendo ahora?
– Una novela de Simenon. Me está gustando mucho, puede que, entre otras cosas, porque una parte de la historia se desarrolla en un coche, y yo me paso la vida metido en un coche. Tengo la sensación de entenderlo mejor, por eso. Y las poesías de García Lorca. La poesía me gusta mucho, aunque me cueste un poco más de esfuerzo leerla.
