Cuando estoy cansado, en cambio, leo eso otro -y señaló hacia una de las noveluchas policíacas. No dijo el nombre del autor, ni el título, lo que me pareció justo. Tuve la sensación de que existía toda una estética, precisa, sin esfuminados y concluyente, en la forma en la que me había hablado de los libros que estaba leyendo y de su jerarquía implícita. Me gustó. Intenté ver qué cara tenía, un poco fijándome en su perfil, otro poco mirando su imagen reflejada en el retrovisor. Debía tener unos treinta y cinco años, era pálido, y en su mirada se advertía una sombra de timidez.

– ¿Y de dónde le viene esa pasión por la lectura?

– Si se lo cuento, no se lo va a creer.

– Cuéntemelo.

– Hasta los veintiocho años no había ni cogido un libro, quitando los del colegio. Pero tenía un defecto: era tartamudo. Tartamudeaba muchísimo. Y eso es algo que te puede amargar la vida, ¿sabe?

Asentí. Luego me di cuenta de que no podía verme, no con claridad al menos.

– Sí, me lo puedo imaginar. Pero usted habla perfectamente -dije mientras volvía a pensar, sin embargo, en esa forma prudente, cautelosa con la que manejaba las palabras.

– Un día ya no pude más. Acudí a un logopeda e hice terapia para curarme el tartamudeo. En la terapia nos hacían leer libros, en voz alta.

– ¿Y así fue como empezó a leer?

– Sí. Descubrí los libros. Cuando acabé la terapia seguí leyendo. Dicen que en la vida no ocurre nada por casualidad. Quizá era tartamudo porque tenía que descubrir los libros. No lo sé. Una cosa es segura: desde entonces mi vida cambió. Ya no consigo ni acordarme de cómo pasaba antes el tiempo.

– Es una bonita historia. Me gustaría que me pasase algo parecido.

– ¿Qué quiere decir? ¿No le gusta leer?

– No, no, me gusta muchísimo. Posiblemente, es lo que más me gusta hacer en la vida. Lo que quería decir es que me gustaría experimentar un cambio extraordinario, como el que vivió usted.



4 из 230