– Ah, entiendo -dijo. Luego permanecimos en silencio, mientras el taxi recorría fluidamente el carril preferente de la vía Ostiense.

Llegamos a la plaza Cavour sin encontrar un solo atasco. Mi amigo el taxista lector se detuvo, apagó el motor y se volvió hacia mí. Pensé que iba a decirme cuánto le debía y me llevé la mano a la cartera.

– Hay una frase de Paul Valéry…

– ¿Sí?

– Dice más o menos así: la mejor forma de realizar los sueños es despertarse.

Permanecimos unos instantes mirándonos el uno al otro. En la mirada de aquel hombre había algo más complejo aún que la timidez. Algo así como la costumbre de sentir miedo y la disciplina para dominarlo, sabiendo que estaba allí y que lo estaría siempre, al acecho. En mi mirada, supongo, se advertiría estupor. Me pregunté si había leído algo de Valéry. No estaba seguro.

– He pensado que esa frase podría inspirarle, por lo que ha dicho antes. Lo del cambio. No sé si a los demás les pasará lo mismo que a mí, pero yo tengo ganas de compartir lo que leo. Cuando repito una frase que he leído, o un concepto, o una poesía, me parece que soy un poco su autor. Me gusta mucho.

Dijo las últimas palabras con un tono casi de excusa. Como si, de repente, se hubiera dado cuenta de que podía estar invadiendo mi intimidad. Así que me apresuré en contestarle.

– Gracias. A mí me pasa lo mismo, desde que era un crío. Pero yo nunca he sido capaz de expresarlo tan bien.

Antes de bajar del taxi le di la mano y, mientras me dirigía a cumplir con mi trabajo de abogado, pensé que en vez de eso me hubiera gustado quedarme allí, hablando con el taxista, de libros y de muchas otras cosas.


Había llegado al Supremo casi una hora antes de que se celebrase el juicio. El caso lo llevaba preparado de sobra, no tenía necesidad alguna de revisar papeles, así que decidí dar un paseo. Atravesé el Tíber pasando por el puente Cavour.



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