
Preparé los últimos exámenes de la carrera, justo antes de obtener el título, con dos amigos. Nos hicimos amigos precisamente porque estudiamos juntos, redactamos la tesina en la misma época y nos licenciamos en la misma sesión. A veces, esas cosas unen a la gente, al menos durante un cierto tiempo. En realidad, éramos muy distintos y teníamos muy poco en común. Empezando por los proyectos de cara al futuro. Ellos tenían proyectos y yo no. Ellos se habían matriculado en Derecho porque querían ser abogados, sin dudas, con toda determinación, con toda seguridad. Yo me había matriculado en Derecho porque no sabía qué hacer.
Mis sentimientos eran confusos con respecto a su determinación. Una parte de mí mismo la contemplaba con suficiencia. Me parecía que mis amigos tenían unas metas muy limitadas y que sus sueños eran mediocres. Otra parte de mí mismo sentía envidia por esas metas tan nítidas, esa visión tan clara de lo que deseaban en el futuro. Era algo que no terminaba de entender, cuyo significado último se me escapaba, pero lo veía reconfortante, debía proporcionar seguridad. Era como un antídoto contra la leve ansiedad que acompañaba mi visión desenfocada del mundo.
Apenas obtuvieron el título, sin tomarse siquiera un respiro para disfrutar de unas auténticas vacaciones, empezaron a preparar oposiciones, encarnizadamente.
