Yo empecé, con el mismo ahínco, a hacer como que hacía algo. Iba a un bufete civil con beneficios nulos, fantaseaba con la idea de hacer algún máster sin precisar en una universidad extranjera, barajaba la posibilidad de matricularme en Letras, pensaba en dedicarme a escribir una novela que cambiaría mi vida y la de sus numerosos lectores, y que, por suerte, me abstuve hasta de comenzar. En resumen, era lo que se dice un tipo con las ideas claras.

Precisamente por eso, por lo de las ideas claras, cuando se publicaron las oposiciones decidí firmarlas yo también. Cuando se lo dije a Andrea y a Sergio se produjo entre nosotros una extraña situación, ligeramente embarazosa. Me preguntaron qué me había dado, ya que no había vuelto a abrir un libro desde que acabara la carrera, algo que ellos sabían de sobra. Les contesté que estudiaría durante los tres meses que faltaban para el examen escrito, y que probaría suerte. Quizá, preparando aquellas oposiciones, descubriría qué hacer con mi vida.

Intenté estudiar seriamente durante aquellos tres meses escasos, mientras acariciaba en secreto la esperanza de tener un golpe de suerte, de dar con un atajo, con la solución mágica. El sueño de los gandules y los caraduras.

Luego, una mañana de febrero, a mediados de los estúpidos años ochenta, Andrea Colaianni, Sergio Carofiglio y Guido Guerrieri se subieron en el viejo Alfasud del padre de Andrea. Para ir a Roma y presentarse al examen escrito para las oposiciones a judicatura.

De aquel viaje conservo sólo unos pocos fotogramas -las gasolineras; café cigarrillo un pis; media hora de lluvia, sobrecogedora y violenta, en plenos Apeninos-, pero recuerdo íntegramente el sentimiento de ligereza e irresponsabilidad con que lo hice. Había estudiado, sí, un poco, pero no había hecho una auténtica inversión en aquella empresa, como mis amigos. No tenía nada que perder y, si no aprobaba, como era más que probable que pasase, nadie podría decir que había fracasado.



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