
– ¿Pero tú qué haces aquí, Guerrieri? ¿Para qué vas a Roma? -me preguntó de nuevo Andrea en un momento dado, tras bajar el volumen de la música. Estábamos escuchando una cinta que yo había grabado expresamente para el viaje; contenía los temas «Have you ever seen the rain», «I don't wanna talk about it», «Love letters in the sand», «Like a rolling stone», «Time passages» y, creo, cuando Andrea me hizo esa pregunta Billy Joel tocaba «Piano Man».
– No lo sé. Por intentarlo, por hacer algo, ¡yo qué sé! Lo que es seguro es que si la jugada me sale bien nunca me tomaré la abogacía como mi misión en la vida. Yo no tengo vuestro fuego sagrado.
Era la típica frase que ponía nervioso a Andrea porque daba en la diana.
– ¿Qué cojones dices? ¿De qué fuego sagrado hablas? ¿Qué pinta aquí eso de la «misión en la vida»? Yo quiero ser abogado, me atrae la idea, creo que me gustará («que me gustaría», se corrigió en el acto para evitar el gafe), y que es un trabajo con el que puedo ser útil -dijo Andrea.
– Yo también. Pienso que la sociedad, el mundo, se cambian desde abajo. Y que un abogado (si hace bien su trabajo, por supuesto) contribuye a cambiar el mundo. A limpiarlo de la corrupción, de la delincuencia, de todo lo que está podrido -añadió Sergio.
Sus palabras son las que mejor recuerdo, y cada vez que pienso en ellas experimento una sensación ambigua, en vilo entre la ternura y la zozobra, por cómo esas aspiraciones ingenuas fueron engullidas por los asesinos quiebros de la vida.
Estuve a punto de replicar, pero luego, confusamente, pensé que no tenía derecho: a fin de cuentas, yo estaba allí sin derecho alguno, como un intruso en medio de sus sueños. En vista de eso me encogí de hombros y subí de nuevo el volumen de la música, justo mientras se esfumaba la voz de Billy Joel y empezaba a escucharse la guitarra de los Creedence Clearwater Revival: «Have you ever seen the rain». Afuera acababa de cesar un temporal.
