
– Una… dama ha venido a verle, señor. La señorita… -Penelope Ashford.
El tono seco y resuelto hizo que Barnaby y Mostyn se volvieran a la vez hacia la puerta, de súbito abierta de par en par para dejar entrar a una dama envuelta en una capa oscura con el forro de piel, austera a la par que elegante. Un manguito de marta le colgaba de una muñeca, y llevaba las manos enfundadas en guantes de cuero también ribeteados de piel.
Su lustroso pelo caoba, recogido en un moño, brilló cuando cruzó la sala con una gracia y confianza en sí misma que anunciaba su condición más aún que sus delicados rasgos, intrínsecamente aristocráticos. Rasgos animados por tanta determinación, tan firme voluntad, que la fuerza de su personalidad parecía precederla como una ola.
Mostyn dio un paso atrás al acercarse ella.
Sin quitarle los ojos de encima, Barnaby descruzó sin prisa las piernas y se levantó.
– Señorita Ashford.
Unos excepcionales ojos castaños enmarcados por unas gafas de montura de oro finamente labrado se posaron en su rostro.
– Señor Adair. Nos conocimos hace casi dos años, en el salón de baile de Morwellan Park con ocasión de la boda de Charlie y Sarah. -Se detuvo a dos pasos de él y lo estudió como si juzgara el alcance de su memoria. -Tal vez recuerde que hablamos brevemente.
No le ofreció la mano. Barnaby bajó la vista hacia su cabeza inclinada hacia arriba, cabeza que apenas le sobrepasaba los hombros, y se encontró con que la recordaba sorprendentemente bien.
– Me preguntó si yo era el que investigaba crímenes.
Ella le dedicó una sonrisa radiante.
– Sí, en efecto.
Barnaby pestañeó, un tanto asombrado de que, pese a los meses transcurridos, recordara el tacto de aquellos delicados dedos entre los suyos. Tan sólo le había estrechado la mano pero, no obstante, la recordaba a la perfección; hasta tal punto que ahora sintió un hormigueo de memoria táctil.
