
Cuando Missy entró en la tienda, sonó una estentórea campana, lo cual es una descripción perfecta del sonido que había ideado Maxwell Hurlingford para gratificar tanto su ascetismo como su moderación. Nada más sonar la campana, emergió de la trastienda donde se apilaban el salvado, la paja, el trigo y la cebada, el forraje y la avena en ordenados montones de sacos de cáñamo; Maxwell Hurlingford satisfacía no sólo las necesidades gastronómicas de la población de Byron, sino que avituallaba asimismo a sus caballos, vacas, ovejas y gallinas. Como dijo un aldeano ingenioso cuando se quedó sin heno, Maxwell Hurlingford siempre lo tenía a uno yendo y viniendo.
En el rostro se le leía una amarga expresión normal y en la mano derecha esgrimía una gran pala con una maraña de hebras de forraje.
– ¡Mira esto! -gruñó, agitando la pala delante de Missy en una sorprendente imitación de su hermana Octavia cuando había sacado la bolsa de avena comida por los ratones-. Hay gusanos por todas partes.
– ¡Oh, no! ¿La avena también?
– Todo.
– Entonces será mejor que me des una caja de avena de desayuno, por favor, tío Maxwell.
– Menos mal que los caballos no tiene manías -refunfuñó, depositando la pala y escurriéndose por detrás del mostrador.
La campana volvió a sonar con energía cuando un hombre abrió la puerta con una deslumbrante y vivaz determinación.
– ¡Demonios, ahí fuera hace más frío que en las tetas de una madrastra! -dijo jadeando el recién llegado mientras se restregaba las manos.
– ¡Caballero! ¡Hay damas presentes!
