
Se había pensado incluso en las personas demasiado pobres como para llegar a la localidad de Byron. El segundo sir William había inventado la Botella Byron (como se la conocía en toda Australia y Pacífico Sur): una botella de lago más de medio litro, artística y esbelta, de un cristal muy transparente, llena de la mejor agua de manantial de Byron; un agua apenas efervescente, con un efecto ligeramente laxante pero nunca drástico, y con un sabor peculiar. «¡Pero si es agua de Vichy!», decían las personas lo bastante afortunadas como para haber estado en Francia. La vieja botella de Byron no sólo era mejor, sino además mucho más barata. Una oportuna compra de acciones de la industria del vidrio había acabado de redondear aquel negocio local que acarreaba tan pocos gastos y resultaba tan lucrativo; continuaba creciendo y aportando enormes cantidades de dinero a los descendientes varones del segundo sir William. El tercer sir William, nieto del primero e hijo del segundo, ejercía la actual presidencia del imperio de la Compañía Embotelladora Byron con la misma rudeza y rapacidad que habían caracterizado a sus anteriores tocayos.
Maxwell Hurlingford, descendiente director del primer sir William y, por lo tanto, hombre inmensamente rico por herencia, no tenía necesidad alguna de estar al frente de una tienda de ultramarinos y productos agrícolas. Sin embargo, el instinto comercial y la perspicacia de los Hurlingford no desaparecían así como así, y los preceptos calvinistas por los que se regía el clan prescribían que un hombre debía trabajar para hallar gracia a los ojos del Señor. Una rígida observancia de esta norma podría haber hecho de Maxwell Hurlingford un santo en la Tierra, pero sólo había conseguido crear un ángel en la calle y un demonio en casa.
