
La ciudad de Byron no poseía biblioteca pública; en aquella época, pocas ciudades de Australia la tenían. Pero, para llenar aquel vacío había una privada con servicio de préstamo. Livilla Hurlingford era viuda y con un hijo muy costoso de mantener; la necesidad económica junto con su aspiración de respetabilidad la habían llevado a abrir una sala de lectura bien equipada. La popularidad y rentabilidad obtenidas la habían inducido a ignorar las leyes comerciales que obligaban a cerrar las tiendas de Byron a las cinco de la tarde los días laborables, pues la mayoría de sus clientes preferían cambiar los libros a última hora de la tarde.
Los libros eran el único solaz de Missy y su solo lujo. Se le permitía quedarse con el dinero que ganaba con la venta de los excedentes de huevos y mantequilla de Missalonghi, y gastaba aquella mísera cantidad en pagar el préstamo de los libros de la biblioteca de su tía Livilla. Ni su madre ni su tía estaban conformes con esta práctica, pero habiendo anunciado hacía algunos años que Missy tendría la oportunidad de ahorrar algo más que las cincuenta libras que le había asignado su padre al nacer, Drusilla y Octavia eran demasiado justas como para rescindir su propio decreto sólo porque Missy hubiese resultado una despilfarradora.
Siempre que cumpliera con las obligaciones que tenía asignadas -cosa que hacía con minuciosidad sin escatimar un ápice-, nadie le ponía trabas a que leyese libros, pero sí a caminar por el bosque. Caminar a través de la maleza era someter su discutiblemente deseable persona al riesgo de un asesinato o una violación, y no se lo iban a permitir de ninguna manera. Por ello Drusilla ordenó a su prima Livilla que sólo prestara a Missy libros buenos; ni novelas cualesquiera, ni biografías procaces o escandalosas, ni ningún material de lectura que estuviera escrito para el género masculino. Tía Livilla respetaba rigurosamente esta sentencia, pues tenía las mismas ideas que Drusilla acerca de lo que podía leer una dama no casada.
