
Pero aquel último mes Missy venía guardando un secreto culpable: alguien le estaba facilitando novelas en abundancia. Tía Livilla se había buscado una asistenta que le permitía estar al frente de la biblioteca sólo los lunes, martes y sábados, con lo cual gozaba de cuatro días para descansar de las impertinencias y quejas de aquellos residentes que ya habían leído todo lo que contenían sus estanterías y de los visitantes cuyos gustos no lograba satisfacer. Naturalmente, la nueva asistente era una Hurlingford, pero no una Hurlingford de Byron; procedía de los antros de Sidney.
La gente apenas prestaba atención a la tímida e inhibida Missy Wright, pero Una, como se llamaba la nueva asistenta parecía haber detectado en ella al instante la madera de una buena amiga. Desde que empezó a trabajar allí, pues, Una había conseguido que Missy le abriese su corazón de manera asombrosa; conocía las costumbres, acontecimientos, expectativas, problemas y sueños de Missy. También había ideado un sistema infalible mediante el cual Missy podía tomar prestados frutos prohibidos sin que tía Livilla lo descubriese, y la atosigaba con novelas de todo tipo, desde la más aventurera a la más rabiosamente romántica.
Claro que aquella noche atendía tía Livilla, por lo que el libro sería de los antiguos, y sin embargo, cuando Missy abrió la puerta de vidrio y entró en el alegre calor de la biblioteca, se encontró a Una sentada tras el mostrador, y ni rastro de la temida tía Livilla.
No era sólo la innegable vivacidad de Una, su compresión y su amabilidad, lo que había despertado el afecto de Missy; era además una mujer en verdad muy hermosa. Tenía una excelente figura, con una altura suficiente como para distinguirla como una auténtica Hurlingford, y su ropa le recordaba a Missy la de su prima Alicia, siempre de buen gusto, siempre a la última moda, siempre con un encanto especial.
