
La claridad de su piel, cabello y ojos deslumbraba, pero aun así Una no tenía ese aspecto semicalvo y desvaído que era el sino de todas las mujeres Hurlingford, exceptuadas Alicia (que poseía una belleza tan fascinante que Dios le había dado cejas y pestañas oscuras cuando creció) y Missy (que era completamente morena). Todavía más atractiva que la hermosura de Una era una extraña y luminosa cualidad suya: una deliciosa lozanía que residía no tanto a flor de piel como en su interior; sus uñas, ovales y alargadas, irradiaban esa esencia henchida de luz, y lo mismo ocurría con su cabello, encrespado alrededor de su cabeza y recogido en un reluciente moño, tan rubio que parecía blanco. El aire que la circundaba cobraba un brillo que, al mismo tiempo, estaba y no estaba. ¡Fascinante! Missy, que durante toda su vida no había visto más que Hurlingfords, no estaba preparada para el fenómeno de una persona que irradiaba una fuerza especial. Y ahora, en el breve espacio de un mes, había tropezado con dos: Una con su luminosidad, y el forastero de la tienda de tío Maxwell, con su esponjosa nube de energía azul crepitando a su alrededor.
– ¡Olé! -gritó Una al ver a Missy-. ¡Querida, tengo una novela que te va a entusiasmar! De una joven noble pero sin recursos que se ve obligada a trabajar de institutriz en la casa de un duque. Se enamora del duque, quien la mete en líos y luego no quiere saber nada de ella, porque es su mujer quien posee todo el dinero. Por ello la embarca con destino a la India, donde su hijo se muere de cólera al poco de nacer. Entonces un maharajá increíblemente guapo la ve y se enamora de ella al instante, porque su cabello es de un color dorado rojizo y sus ojos verdes como limas, mientras que sus docenas de mujeres y concubinas son morenas. La rapta con la intención de convertirla en su juguete particular, pero cuando la tiene en sus garras se da cuenta de que la respeta demasiado.