
El hecho de que le explicaran todo el argumento no era motivo para que Missy dejase de leer un libro, así que aceptó Amor oriental al instante y lo puso en el fondo de su cesta de la compra, al tiempo que buscaba su monedero. Pero no estaba allí.
– Me temo que me he olvidado el monedero en casa -dijo a Una, con una mortificación que sólo experimentan las personas a la vez muy pobres y orgullosas-. ¿Cómo puede ser? ¡Estaba segura de haberlo metido! Bueno, quédate con el libro hasta el lunes.
– ¡Por Dios, querida, olvidarte el dinero en casa no es el fin del mundo! Llévate el libro ahora; de lo contrario, lo cogerá otro, y es tan bueno que tardará meses en volver a estar disponible. Me pagas la próxima vez que vengas.
– Gracias -dijo Missy, consciente de embarcarse en algo que contrariaba por completo los preceptos de Missalonghi, pero incapaz de evitarlo a causa de su debilidad por los libros.
Sonriendo incómoda, empezó a salir de la biblioteca a toda prisa.
– No te vayas todavía, querida -le suplicó Una-. ¡Quédate a charlar conmigo, anda!
– Lo siento, de verdad que no puedo.
– Venga, ¡sólo un minuto! Entre esta hora y las siete, esto está tranquilo como una tumba; todo el mundo está en casa, cenando.
