La cocina era una gran habitación desnuda al fondo del curvo vestíbulo central y sus paredes de madera pintadas de marrón contribuían lo suyo a la atmósfera de tristeza general.

– Pela las patatas antes de ir a coger las judías, Missy -dijo Octavia, al tiempo que se ataba el voluminoso delantal marrón que la protegía de los peligros de la cocina.

Mientras Missy pelaba las tres patatas que se consideraban suficientes, Octavia atizó los rescoldos que ardían en la cocina de hierro negra que ocupaba toda la parte frontal de la chimenea; luego añadió más leña, reguló el tiro para que entrase más aire y puso a hervir un enorme recipiente de hierro lleno de agua. Hecho esto, se dirigió a la despensa a buscar la materia prima para la papilla de avena de la mañana siguiente.

– ¡Oh, no! -exclamó. Un instante después emergía con una bolsa de papel marrón de cuyas esquinas iba cayendo una lluvia de avena hasta el suelo, a modo de abultados copos de nieve-. ¡Mira esto! ¡Ratones!

– No te preocupes, pondré algunas ratoneras esta noche -dijo Missy sin prestarle demasiada atención, mientras colocaba las patatas en una pequeña perola de agua y añadía una pizca de sal.

– Las ratoneras que pongas esta noche no harán que mañana tengamos el desayuno sobre la mesa, así que tendrás que preguntar a tu madre si puedes acercarte de una corrida a la tienda del tío Maxwell a comprar más copos de avena.

– ¿No podríamos prescindir de ellos por una vez?

Missy odiaba la avena.

– ¿En invierno? -le dijo Octavia, mirándola como si se hubiese vuelto loca-. Un buen plato de avena es barato y te da energías para todo el día. Ahora, date prisa, ¡por el amor de Dios!



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