Los hombres se apartaron. Por las piernas de LeClerc comenzó a resbalar un hilo de orina. El cuerpo se balanceaba exánime, oscilando en el extremo de la soga.

– Una ejecución excelente -dijo el comandante Scott con una amplia sonrisa. Lanzó una moneda de oro al verdugo.

Sir James subió a la carroza; de repente, tenía un hambre canina. Para acuciar aún más su apetito, así como para disimular los malos olores de la ciudad, se permitió un pellizco de rapé.

El comandante Scott propuso pasar por el puerto para ver si el nuevo secretario ya había desembarcado. El carruaje paró en los muelles, lo más cerca posible del amarre del barco; el cochero sabía que el gobernador solía caminar lo estrictamente necesario. El portero abrió la puerta y sir James bajó, haciendo una mueca ante el fétido aire matutino.

Se encontró frente a un joven de poco más de treinta años, quien, al igual que el gobernador, estaba sudando bajo su pesado jubón. El joven hizo una reverencia y dijo:

– Excelencia.

– ¿Con quién tengo el placer de hablar? -preguntó Almont, con una ligera inclinación. Ya no podía hacer reverencias profundas debido al dolor de la pierna; además, le desagradaba tanta pompa y formalidad.

– Charles Morton, excelencia, capitán del mercante Godspeed, zarpado de Bristol. -Presentó sus documentos.

Almont ni siquiera los miró.

– ¿Qué cargamento transportáis?

– Tejidos de la región occidental, excelencia, cristal de Stourbridge y artículos de hierro. Su excelencia tiene el manifiesto en las manos.

– ¿Lleváis pasaje? -Abrió el manifiesto y vio que había olvidado las gafas; la lista era un borrón oscuro. Examinó el documento con impaciencia y lo cerró de nuevo.

– Llevo al señor Robert Hacklett, el nuevo secretario de su excelencia, y a su esposa -dijo Morton-. Además nos acompañan ocho ciudadanos libres, que trabajarán de comerciantes en la colonia, y treinta y siete mujeres, condenadas por la justicia y enviadas aquí por lord Ambritton, de Londres, para que sean entregadas como esposas a los colonos.



10 из 260