
– Tengo buena opinión de un hombre que sabe morir con finesse.
Sir James no dijo nada. El carro llegó al patíbulo y giró de modo que el preso quedara de cara al público. El verdugo, Henry Edmonds, se acercó al gobernador e hizo una prolongada reverencia.
– Buenos días, excelencia, y a vos también, comandante Scott. Tengo el honor de presentar al preso, el francés LeClerc, recientemente condenado por la Audiencia…
– Procede, Henry -dijo sir James.
– Enseguida, excelencia.
Con expresión ofendida, el verdugo hizo otra reverencia y volvió al carro. Subió, se colocó junto al preso y le puso la soga alrededor del cuello. Después fue a la parte delantera del carro y se quedó junto a la muía. Hubo un momento de silencio, que se alargó demasiado.
Finalmente, el verdugo giró sobre sus talones y gritó bruscamente.
– ¡Teddy, maldita sea, presta atención!
Inmediatamente, un chiquillo, el hijo del verdugo, empezó a tocar un rápido redoble de tambor. El verdugo se volvió hacia la multitud. Levantó la fusta y dio un solo golpe a la mula. El carro se alejó ruidosamente y el preso se quedó pataleando y oscilando en el aire.
Sir James observó las convulsiones del condenado. Escuchó el jadeo ronco de LeClerc y vio cómo su rostro se volvía púrpura. El francés pataleó violentamente, balanceándose a medio metro del suelo embarrado. Los ojos parecían salírsele de las órbitas. La lengua asomó entre sus labios. El cuerpo, colgando de la soga, se estremeció con temblores y espasmos.
– Está bien -dijo sir James por fin, y saludó al público.
Inmediatamente, un par de robustos amigos del condenado se adelantaron. Lo agarraron de los pies y tiraron de ellos, intentando romperle el cuello para evitarle sufrimientos. Pero no eran particularmente hábiles, así que el pirata, que era fuerte, ochó a los dos hombres sobre el barro con sus vigorosas patadas. La agonía se prolongó unos instantes más y finalmente, de forma brusca, el cuerpo quedó inerte.
