
Mientras observaba su imagen en el espejo, se dio cuenta de que debía pasar a ver a Enders, el barbero, para que le recortara la barba. Sir James no era un hombre guapo, así que llevaba una barba poblada para compensar un rostro demasiado «afilado».
Farfulló algo a su reflejo y pasó a ocuparse de los dientes. Introdujo un dedo húmedo en la pasta de cabeza de conejo en polvo, cáscara de granada y flores de melocotón y se frotó los dientes vigorosamente, canturreando.
En la ventana, Richards contemplaba la llegada del barco.
– Dicen que ese mercante es el Godspeed, señor. -¿Ah, sí?
Sir James se enjuagó la boca con un poco de agua de rosas, escupió, y se secó los dientes con el elegante paño de Holanda, de seda roja y con el borde de encaje. Tenía cuatro paños del mismo tipo, otro privilegio, por pequeño que fuera, de su posición en la colonia. Sin embargo, uno de ellos lo había estropeado una criada descuidada lavándolo a la manera tradicional, golpeándolo sobre las piedras, con lo que rasgó su delicado tejido. El servicio era un problema en la isla. Sir William también se lo había comentado.
Richards era una excepción, un criado al que había que cuidar; escocés, pero limpio, fiel y razonablemente de fiar. También se podía contar con él para estar al corriente de los cotilleos y de todo lo que sucedía en la ciudad, pues de otro modo jamás llegarían a oídos del gobernador.
– El Godspeed, ¿dices?
– Sí, excelencia -afirmó Richards, colocando sobre la cama el vestuario de sir James para ese día.
– ¿Mi nuevo secretario está a bordo?
Según los despachos del mes anterior, en el Godspeed llegaría su nuevo secretario, un tal Robert Hacklett. Sir James nunca había oído hablar de él, y estaba deseando conocerlo. Llevaba ocho meses sin secretario, desde que Lewis había muerto de disentería.
– Creo que sí, excelencia -dijo Richards.
Sir James se aplicó el maquillaje. Primero se untó con cense -una crema elaborada con plomo blanco y vinagre- para conseguir en la cara y el cuello una palidez elegante. A continuación, en mejillas y labios, se aplicó fucus, un pigmento rojo compuesto de algas marinas y ocre.
