
– ¿Deseáis aplazar la ejecución? -preguntó Richards, mientras ofrecía al gobernador su aceite medicinal.
– No, creo que no -contestó Almont, estremeciéndose tras tomar una cucharada.
Era un aceite de perro de pelo rojo, que preparaba un milanés establecido en Londres; se consideraba que era eficaz contra la gota. Sir James lo tomaba sin falta todas las mañanas.
Después se vistió de acuerdo con los compromisos de su jornada. Richards había preparado, muy acertadamente, el atuendo más formal del gobernador. Primero, sir James se puso una camisa blanca fina de seda, y después se enfundó unas mallas azul claro. A continuación, su jubón verde de terciopelo, pesadamente guateado y espantosamente caluroso, pero indispensable para las ceremonias oficiales. Su mejor sombrero de plumas completaba el atuendo.
Acicalarse le había ocupado casi una hora. A través de las ventanas abiertas, sir James oía el alboroto matinal y los gritos de la ciudad que despertaba.
Dio un paso atrás para que Richards le diera una ojeada. El criado le ajustó los pliegues del cuello y asintió satisfecho.
– El comandante Scott os espera con vuestra carroza, excelencia -dijo Richards.
– Excelente -dijo sir James.
Caminando lentamente, a causa de los pinchazos de dolor en el dedo gordo del pie izquierdo, transpirando bajo el pesado jubón ornamentado y con los cosméticos resbalándole por las mejillas, el gobernador de Jamaica bajó la escalera de su residencia para subir a la carroza.
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Para un hombre que padecía gota, el menor trayecto en carroza por las calles empedradas era una tortura. Únicamente por ese motivo, sir James detestaba tener que asistir a todas las ejecuciones. Otra razón para que le desagradaran esas ceremonias era que le exigían adentrarse en su dominio, que él prefería gozar desde la perspectiva de su ventana.
