Después de que el rey lo nombrara gobernador, sir James pasó una velada con sir William, durante la cual este le explicó el funcionamiento de la colonia. Sir James escuchó y creyó entenderlo todo, pero nadie entendía verdaderamente la vida en el Nuevo Mundo hasta que se enfrentaba con la cruda realidad.

Mientras el carruaje avanzaba por las hediondas calles de Port Royal y sir James saludaba con la cabeza a los colonos que se inclinaban respetuosamente, el gobernador se maravilló de la cantidad de cosas que había acabado por encontrar totalmente naturales y ordinarias. Aceptaba el calor, las moscas y los hedores pestilentes; aceptaba los robos y el comercio corrupto; aceptaba los modales groseros de los corsarios borrachos. Había tenido que realizar infinidad de pequeños ajustes; entre ellos, aprender a dormir entre gritos furibundos y disparos, que cada noche se sucedían incesantemente en el puerto.

Sin embargo, muchas cosas seguían irritándolo, y una de las que más le fastidiaban estaba sentado frente a él en la carroza.

En esos momentos, el comandante Scott, jefe de la guarnición de Fort Charles y que se había nombrado a sí mismo guardián de los buenos modales galantes, se sacudió una invisible brizna de polvo del uniforme y dijo:

– Confío, excelencia, que hayáis disfrutado de una noche excelente y por consiguiente os halléis en el estado de ánimo idóneo para cumplir con vuestros compromisos de la mañana.

– He dormido suficientemente bien -respondió con brusquedad sir James.

Por enésima vez pensó para sus adentros en lo peligrosa que podía resultar su vida en Jamaica con un comandante de guarnición que era un frivolo y un inepto en lugar de un militar de verdad.

– Por lo que he podido saber -prosiguió el comandante Scott, llevándose un pañuelo perfumado de encaje a la nariz e inspirando con delicadeza-, el prisionero LeClerc está ya preparado y todo está dispuesto para la ejecución.



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