– Muy bien -dijo sir James, mirando al comandante Scott i on el ceño fruncido.

– También se ha llamado mi atención sobre el mercante C ¡odspeed, que está amarrando en este momento y que cuenta cutre sus pasajeros al señor Hacklett, vuestro nuevo secretario.

– Esperemos que no sea tan idiota como el último -dijo sir James.

– Por supuesto. Esperémoslo -indicó el comandante Scott, y después, afortunadamente permaneció en silencio.

La carroza entró en la plaza de High Street donde una gran multitud se había congregado para asistir a la ejecución. Mientras sir James y el comandante Scott bajaban de la carroza, se oyeron algunas aclamaciones.

Sir james saludó con la cabeza y el comandante realizó una profunda reverencia.

– Percibo una numerosa asistencia -comentó el comandante-. Siempre me satisface la presencia de tantos jóvenes y niños. Será una buena lección para ellos, ¿no os parece?

– Hum -murmuró sir James.

Se situó frente a la multitud y se detuvo a la sombra del patíbulo. En High Street la horca siempre estaba dispuesta, ya que se utilizaba a menudo: un travesaño sostenido por un montante, del que colgaba a poco más de dos metros del suelo una recia soga.

– ¿Dónde está el preso? -preguntó sir James, irritado.

No se veía al preso por ninguna parte. El gobernador esperó con visible impaciencia, retorciéndose las manos a la espalda. De repente, se oyó el retumbo grave de los tambores que anunciaba la llegada del carro. Momentos después, este pasó entre los gritos y las risas de la gente.

El preso LeClerc estaba de pie, con las manos atadas a la espalda. Llevaba una túnica de tela gris, manchada por los desperdicios lanzados por la gente, pero mantenía la barbilla alta.

El comandante Scott se inclinó hacia el gobernador.

– Sin duda produce una buena impresión, excelencia.

Sir James se limitó a gruñir.



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