
Will apretó la mandíbula y pensó que quizá debería olvidarse del negocio familiar. Era un buen abogado y en los últimos años había tenido ofertas de trabajo de los mejores bufetes de la ciudad. ¿Por qué no empezar de cero?
Se retiró a su despacho y, cuando estuvo sentado en su mesa, gimió con suavidad. ¿Cómo iba a pensar en marcharse? Llevaba aquella compañía en la sangre, había ayudado a construirla y un día debería ser suya por derecho.
Miró los mensajes que su secretaria le había dejado en la mesa, pero su mente seguía ocupada con el ultimátum de su padre. Para Jim McCaffrey era muy fácil. Sólo tenía que buscar una mujer, enamorarse, casarse y vivir feliz con ella. Pero el amor nunca había sido fácil para él, no sabía por qué.
Llamaron a la puerta y su secretaria, la señora Arnstein, entró en la estancia. La mujer, elegida para el puesto por su padre después de que Will hubiera salido y roto con las tres secretarias anteriores, era una antigua sargento del ejército muy eficiente y correcta: Y más voluminosa que él.
– Tengo su correo -dijo-. Han llegado los contratos para el proyecto de la urbanización de Bucktown y el cálculo para la remodelación de DePaul -levantó una revista-. Y la publicación de la universidad de Northwestern. Este mes aparece usted en la lista de alumnos.
Will tomó la revista que le ofrecían.
– ¿Cómo saben algo de mí?
– Enviaron un cuestionario hace unos meses y usted me dijo que lo rellenara en su lugar porque no tenía tiempo.
La lista ocupaba las seis o siete últimas páginas de la revista. Will buscó su nombre y se dio cuenta de que estaba ordenada por el año de las promociones. Iba a volver a la página anterior cuando vio un nombre familiar y se detuvo.
– ¿Lo ha encontrado? -preguntó la señora Arnstein.
– No -él cerró la revista con rapidez
