
– Me ha parecido que eras tú -dijo él, fingiendo sorpresa. La miró detenidamente. Era la misma Jane pero diferente. Sus rasgos, antes corrientes, se habían vuelto más hermosos. La última vez que la vio tenía diecinueve años, pero ahora era una mujer.
– ¿Qué haces aquí? -preguntó ella.
Will cerró la puerta de su coche.
– Iba a… calle arriba a un restaurante – estiró el brazo y le tomó la mano y, aunque lo había hecho sin darse cuenta y no había sido su intención tocarla, en ese momento comprendió lo mucho que la había echado de menos.
Jane había sido una constante en su vida durante dos años, una amiga que siempre estaba allí cuando la necesitaba. Sintió una punzada de remordimientos. Nunca se había molestado en darle las gracias ni en devolverle los favores que le había hecho. Miró su mano y pasó despacio el pulgar por la muñeca.
– Me alegro mucho de verte.
Ella se movió nerviosa y apartó la mano.
– ¿Qué restaurante? -preguntó.
– ¿Qué? Oh, no sé el nombre -repuso él-. Sólo sé que está en esta manzana – sonrió-. Estás muy bien. Ha pasado mucho tiempo. ¿Qué es de tu vida?
– Mucho tiempo -repitió ella-. Sí, casi seis años. La última vez que te vi, fue el día que te licenciaste en Derecho. Dijimos que estaríamos en contacto, pero ya sabes lo que pasa… estamos muy ocupados y…
– Siento que no lo hayamos hecho -musitó él con sinceridad.
– Yo también.
Will sintió el impulso de abrazarla y cerciorarse de que se trataba de ella.
– ¿Sabes? -dijo-. Falta media hora para que tenga que ir al restaurante. ¿Por qué no tomamos un café?
Jane retrocedió.
– No puedo -repuso-. Llego tarde a una cita. Pero ha sido un placer verte, de verdad.
– ¿Y cenar? -insistió Will-. ¿Este fin de semana? Hay un restaurante asiático nuevo en el centro. Te gusta la comida asiática, ¿no?
– Ese fin de semana no me viene bien -dijo ella-. Oye, me he alegrado mucho de verte.
